lunes 10 de diciembre de 2007

Enotromundo (un comienzo)

Comenzó a rascar en la pantalla de cristal, el más enigmático de los materiales. Justo el que tenéis delante. De superficie tan tersa que su uña subía y bajaba sin la menor resistencia, probad. Lo hubiera dejado al poco pero estamos en otoño, cuando se abren las puertas para entrar en otros mundos, y por eso enseguida notó como una pequeña mota incrustada en el vidrio pulido, una rugosidad, algo sobre lo que arañar con sentido y buscar qué había allí. Insistió, claro, igual que si le hubieran prohibido hacerlo, hasta que logró despegar una pequeña esquina que sujetó con dos dedos para tirar todavía más de ella, de ese fragmento de la pantalla de tu ordenador, puedes.


Enotromundo al que llegó encontró una ciudad tras un largo viaje apartando cables como si avanzara entre una selva frondosa. Una ciudad que recordó a Nombre las placas base que le recordaban a ciudades en miniatura y por cuyos circuitos impresos a modo de calles empezó a caminar fascinado, levantando la vista hacia enormes depósitos cilíndricos que resultaron ser cisternas en vertical donde se almacenaban los sueños que tuvo, sus ilusiones y fantasías de cada noche antes de dormir, módulos de memoria con su memoria codificada en datos binarios tal y como descubrió después, leeremos.
         Leyó su nombre impreso en uno de aquellos edificios, quiso entrar en él y no pudo, no supo cómo dando vueltas alrededor de su perímetro circular, parecía haber ventanas iluminadas arriba pero no encontró ninguna puerta. Pasó entonces la mano por la superficie lisa de aquel cilindro y rascó con la uña arriba y abajo creyendo que sería una ganzúa que le abriría todas las puertas pero sólo logró horadar un pequeño orificio del que salió una sustancia química pegajosa, algún ácido con propiedades eléctricas que le manchó la mano derecha. Parece que lo primero que hacemos al llegar a cualquier lugar, siempre, es romper algo. Se sintió culpable por haberlo dañado e intentaba limpiarse en vano cuando le sobresaltó la voz de un habitante de la ciudad: ¿Quiere usted algo? Yo, me llamo Nombre, está aquí escrito y... Entonces, aquel desconocido le tendió la mano y él no se la estrechó, avergonzado, porque la suya estaba manchada. ¿Cómo ha llegado hasta aquí?, le volvió a preguntar, y cuando le contó cómo, el desconocido le dijo que enotromundo no tiene ningún valor mentir, que mentimos y allí no sirve de nada, que se puede decir lo que en otros lugares no en este mundo dominado por colores blancos, negros y rojo.
         Al volver, comprobó asombrado que también se había quedado allí dentro, enotromundo. Y dejó entreabierta aquella esquina de la pantalla del ordenador, sí ahí, para que algo de allí nos llegue en otoño, cuando se abren sus puertas. Al volver después del largo viaje de ida, de su estancia en la ciudad que terminó cuando le llevaron a aquella especie de santuario cuyo sacerdote ya estaba prevenido para que no intentara ofrecer su mano a Nombre, un hombre que desconocía la cortesía porque suponían que venía de un lugar sin ella. Celebraron un rito, le pidieron que fuese más amable, aceptó intentarlo envuelto en acordes enigmáticos y notas disonantes, mágicas, de música minimalista y repetitiva que le acompañaron hasta el ordenador situado en el centro del altar en el que se sienta y escribe "comenzó a rascar en la pantalla de cristal..."
         Empieza el viaje a enotromundo.