martes 1 de enero de 2008

Los píxeles muertos

Mira a quien mira. Desde aquí, desde donde la luz es tan cegadora que no puede verlos. Camina entre un inmenso resplandor que desde fuera donde estáis mirando puede llegar a ser de millones de colores mientras que al otro lado es absolutamente blanco, aquí, en el interior de la pantalla.
         Resulta descorazonador encontrarse en el primer lugar del viaje a enotromundo con cadáveres cada poco, esos píxeles muertos, oscuros, diseminados aleatoriamente por la superficie del cristal líquido, apagados porque queriendo ser obedientes dejaron de lucir. Camina solo recubierto de fotones y silencio aunque en el interior de su cabeza suenen las guitarras del único momento en el que estuvimos solos, pero de haber podido hacerlo cualquiera de los píxeles activos le hubiera contado que las fábricas del mundo que no es el suyo, las de vuestro lado de la pantalla, están autorizadas para comercializar esas mismas pantallas con un número máximo de píxeles que nunca se iluminarán, están muertos. No es necesario que todos funcionen porque, dicen, nuestros ojos no se van a dar cuenta.
         Habría podido explicarle aquel píxel hablador, de existir, que ellos son como trabajadores de una enorme empresa que ordenase a unos cuantos, al azar, que no trabajen. Una empresa que se dedica a transformar energía eléctrica en luz, en dibujos de colores, en fotografías, o en alfabetos, gracias a que la mayor parte de los píxeles en nómina desoyen las indicaciones de la directiva cuando les pide que dejen de lucir para ahorrar costes. Más aún, las mejores de aquellas sociedades anónimas son las que cuentan con más trabajadores desobedientes, con menos píxeles muertos. Nombre habría recordado entonces aquella empresa periodística que les limitó el uso del teléfono como medida de ahorro obligándoles así, indirectamente, a trabajar menos, con el consiguiente deterioro del producto periodístico que hacían. El ejecutivo ignorante que propuso aquello se apuntó enseguida como mérito el tanto del ahorro en teléfono a corto plazo y encontró trabajo muy pronto en cuanto aquella empresa cerró tiempo después... porque sus periodistas no hacían bien su trabajo. Incluso negoció un sueldo superior merced a su prestigio como ideador de medidas de ahorro.
         Habrían hablado de aquello de haber podido hablar.
         Envuelto en aquella luz todo son tinieblas, tristeza entre cadáveres de píxeles muertos. Y cuando nada parece que pueda ser más oscuro, entonces se produce la oscuridad total. Sucede que apagas la pantalla del ordenador. Y además sucede también el silencio entre el que antes caminaba pero no, sonaban zumbidos continuos que ahora enmudecen, aparecen, se recuerdan y comienzan a existir al dejar de sonar. No sabe qué hacer, desolado porque tal vez hayan muerto todos. Se quedó quieto, sentado sin saber si continuar o no su viaje. Ni hacia dónde.
         En el más absoluto de los silencios mira hacia arriba y en medio de la insondable oscuridad cree ver una pequeña luz, descubre emocionado un píxel que parece vivo, encendido entre todos los apagados y además contagiando al que está a su lado hasta conseguir encenderlo para después apagarse él. Así, viviendo iluminados por un instante hasta iluminar a otro crean una línea de luz allá arriba, como si una estrella se desplazara en el cielo oscuro de la noche, desde el oriente de la pantalla. ¿Vienes? Nombre, sobrecogido, se levanta y comienza a caminar guiado por la luz hacia el interior de enotromundo.

lunes 10 de diciembre de 2007

Enotromundo (un comienzo)

Comenzó a rascar en la pantalla de cristal, el más enigmático de los materiales. Justo el que tenéis delante. De superficie tan tersa que su uña subía y bajaba sin la menor resistencia, probad. Lo hubiera dejado al poco pero estamos en otoño, cuando se abren las puertas para entrar en otros mundos, y por eso enseguida notó como una pequeña mota incrustada en el vidrio pulido, una rugosidad, algo sobre lo que arañar con sentido y buscar qué había allí. Insistió, claro, igual que si le hubieran prohibido hacerlo, hasta que logró despegar una pequeña esquina que sujetó con dos dedos para tirar todavía más de ella, de ese fragmento de la pantalla de tu ordenador, puedes.


Enotromundo al que llegó encontró una ciudad tras un largo viaje apartando cables como si avanzara entre una selva frondosa. Una ciudad que recordó a Nombre las placas base que le recordaban a ciudades en miniatura y por cuyos circuitos impresos a modo de calles empezó a caminar fascinado, levantando la vista hacia enormes depósitos cilíndricos que resultaron ser cisternas en vertical donde se almacenaban los sueños que tuvo, sus ilusiones y fantasías de cada noche antes de dormir, módulos de memoria con su memoria codificada en datos binarios tal y como descubrió después, leeremos.
         Leyó su nombre impreso en uno de aquellos edificios, quiso entrar en él y no pudo, no supo cómo dando vueltas alrededor de su perímetro circular, parecía haber ventanas iluminadas arriba pero no encontró ninguna puerta. Pasó entonces la mano por la superficie lisa de aquel cilindro y rascó con la uña arriba y abajo creyendo que sería una ganzúa que le abriría todas las puertas pero sólo logró horadar un pequeño orificio del que salió una sustancia química pegajosa, algún ácido con propiedades eléctricas que le manchó la mano derecha. Parece que lo primero que hacemos al llegar a cualquier lugar, siempre, es romper algo. Se sintió culpable por haberlo dañado e intentaba limpiarse en vano cuando le sobresaltó la voz de un habitante de la ciudad: ¿Quiere usted algo? Yo, me llamo Nombre, está aquí escrito y... Entonces, aquel desconocido le tendió la mano y él no se la estrechó, avergonzado, porque la suya estaba manchada. ¿Cómo ha llegado hasta aquí?, le volvió a preguntar, y cuando le contó cómo, el desconocido le dijo que enotromundo no tiene ningún valor mentir, que mentimos y allí no sirve de nada, que se puede decir lo que en otros lugares no en este mundo dominado por colores blancos, negros y rojo.
         Al volver, comprobó asombrado que también se había quedado allí dentro, enotromundo. Y dejó entreabierta aquella esquina de la pantalla del ordenador, sí ahí, para que algo de allí nos llegue en otoño, cuando se abren sus puertas. Al volver después del largo viaje de ida, de su estancia en la ciudad que terminó cuando le llevaron a aquella especie de santuario cuyo sacerdote ya estaba prevenido para que no intentara ofrecer su mano a Nombre, un hombre que desconocía la cortesía porque suponían que venía de un lugar sin ella. Celebraron un rito, le pidieron que fuese más amable, aceptó intentarlo envuelto en acordes enigmáticos y notas disonantes, mágicas, de música minimalista y repetitiva que le acompañaron hasta el ordenador situado en el centro del altar en el que se sienta y escribe "comenzó a rascar en la pantalla de cristal..."
         Empieza el viaje a enotromundo.